Unos precios muy competitivos, playas espectaculares y el atractivo de asomarse al exotismo africano –aunque sea de puntillas– con la seguridad del ámbito occidental. Estos son los tres pilares sobre los que se asienta el despegue turístico de Túnez, un motor económico que circula desde hace unos años y que en 2024 aumentó en un 43%. La oferta patrimonial no es extraordinaria pero, a cambio, la red de transporte –puedes recorrer el país por tu cuenta, incluso en tren–, la gastronomía y el genuino encanto de muchas localidades convierten al país más pequeño del Magreb en un destino perfecto.
1. Sidi Bou Saïd, un paraíso azul y bohemio

Comenzamos la ruta en uno de los enclaves más pintorescos de Túnez, un lugar hermoso, pero tan lleno de tipismo que a veces raya lo artificial. Estamos a 20 kilómetros al noreste de la capital, en Sidi Bou Saïd, la localidad que la burguesía puso de moda y que enamoró a artistas como Paul Klee, Le Corbusier o Guy de Maupassant. Ellos, junto a escritores y filósofos como Sartre, Simone de Beauvoir u Oscar Wilde, fueron pioneros en vestir este spot de bohemia y convertirlo en la Ibiza tunecina.

El Museo Dar El-Annabi, la Mezquita Zaouia –el interior está vetado a los no musulmanes– y el Palacio del Barón d’Erlanger –con el Centro de las Músicas Árabes y Mediterráneas– y el icónico Café des Nattes –saborea un café con piñones mientras rememoras las tertulias literarias– son algunas visitas básicas. ¿Lo mejor? Callejear entre casitas encaladas y sus mashrabiyas (celosías) azules, descubrir las mil y una puertas –y sus dibujos– y dejarte llevar por este destilado de esencia mediterránea.
2. Cartago, el gran legado romano

Cartago, segunda parada, está tan cerca que podrías llegar caminando en un paseo de 15 minutos, pero las ruinas de este sitio arqueológico son tantas y el escenario tan extenso –unos 180 km2–, que te recomendamos reservar fuerzas. Además, ten en cuenta que los restos están dispersos y que no encontrarás espacios con sombra –excepto el Museo Nacional de Cartago y la Catedral de San Luis– ni lugares donde comprar bebida, así que llévalo todo contigo, protégete del sol y madruga.

Los fenicios fundaron esta ciudad que, años después, los romanos conquistaron en las guerras púnicas y la elevaron a la categoría premium, convirtiéndola en un refinado enclave a pie de playa. Patrimonio de la Humanidad desde 1979, aquí puedes ver la esencia de una gran ciudad romana, desde las casas hasta el circo o unas gigantescas termas y depósitos con capacidad para 60 millones de litros de agua. Hoy, el anfiteatro acoge cada verano el Festival Internacional de Cartago, con danza, música y teatro.
3. Nabeul, la gran fábrica de cerámica

Dejamos el golfo de Túnez y atravesamos Cap Bon para llegar a Nabeul, la gran huerta del país. Su extraordinaria producción de naranjas y frutales te hará pensar que estás en tierras valencianas, pero lo que más te llamará la atención es la tradición alfarera de esta localidad, con gigantescos vasijas y jarrones adornando rotondas y avenidas, y colores llenos de simbolismo: azul –para el mar y el cielo–, verde –el de la esperanza y el Islam–, amarillo –el sol y el desierto– y blanco –representa la pureza–.

Aunque no suele incluirse en los circuitos habituales con lo básico para conocer Túnez, pasear por Nabeul es asistir a una clase etnográfica sobre la esencia del país. Si quieres ahondar más en su ADN, ven a visitarla un viernes, el día del mercado de camellos. Ganaderos de todo el país acuden a comprar y vender animales –también cabras y ovejas– en una jornada que comienza a primera hora de la mañana –de momento, con pocos turistas– y en la que también se venden productos agrícolas y artesanos.
4. Hammamet, la vida a pie de playa

A unos 12 kilómetros al suroeste, Hammamet es el gran polo turístico de la zona y el lugar donde empezó la oferta de Túnez como destino de playa. Aunque encontrarás muchas otras a lo largo del país, estas son espectaculares, con un agua color turquesa y súper limpia, temperatura ideal, arena dorada y brillante y escasa profundidad. La zona también ofrece todo tipo de actividades relacionadas con el agua, incluidas inmersiones de submarinismo para ver la fauna marina o restos de barcos hundidos.

La cara B de la infraestructura de la localidad –con buenos hoteles, restaurantes, transporte…– es la masificación, un peligro al que Hammamet se resiste. Aunque aquí encontrarás más turistas que en otros puntos del país –en especial en Yasmine Hammamet–, tienes muchos rincones auténticos para descubrir en este pueblo pesquero, de la Medina al Fuerte, sin olvidar un paseo por la corniche –el paseo marítimo– o un plato de calamares con cuscús y tastira, una mezcla de verduras y huevos fritos.
5. Port El Kantaoui, el puerto y el ocio nocturno

Si sigues la costa hacia el sur, a poco más de 80 kilómetros llegarás a Port El Kantaoui, un lugar bastante artificial, creado ad hoc para asimilar la primera gran oleada de visitantes que llegó al país y pensado para agradar al turista más que al viajero. Aquí tienes hoteles de diferentes categorías, numerosas empresas que organizan circuitos por el resto del país y diversas actividades, todo, orbitando alrededor del gigantesco puerto deportivo, uno de los mayores y más modernos de Túnez.

El patrimonio de esta localidad es escaso pero, si la has elegido como centro de operaciones, aprovecha para pasear por su muelle, comprar souvenirs de forma más reposada –aunque menos auténtica–, relajarte en un centro de wellness, refrescarte en Acqua Palace –primer parque acuático del país– y elegir sabores más o menos autóctonos entre su oferta de restauración. Además, puedes jugar al golf y disfrutar de un amplio catálogo de ocio nocturno, algo difícil de encontrar en el resto del país.
6. Sousse, la medina más auténtica

Unos 7 kilómetros más al sur te espera Sousse, la perla del Sahel y una de las visitas que debes que hacer sí o sí. Aquí tienes una espléndida Medina –Patrimonio de la Humanidad– con zocos y edificios tan impresionantes como la Gran Mezquita –uno de los ejemplos más antiguos de arte musulmán del Magreb, del año 850, con un extenso patio–, la Kasbah –con unas vistas espectaculares sobre la ciudad– y el Ribat, una fortaleza del siglo VIII muy bien conservada, con una torre y siete bastiones.

También es más que recomendable visitar el Museo Arqueológico de Sousse –uno de los más completos del país, con una interesante colección de mosaicos romanos y relieves funerarios– y Kobba el K’haoui, una cúpula de la Edad Media esculpida de estrías y adosada al Museo de Artes y Tradiciones Populares. Pero, aunque suene a tópico, el principal consejo es recorrer las laberínticas callejuelas y dejarse llevar. Si además te gusta la fotografía, cada rincón te parecerá un auténtico paraíso.
7. Monastir y el descanso de los Bourguiba

A poco más de 20 kilómetros siempre hacia el sur entramos en tierra de beduinos y pescadores así que no dejes pasar la oportunidad y saborea una de las exquisiteces de la zona: cuscús con pescaditos charkaw, cocidos con la sémola y aderezados con pimientos y calabaza. Estamos en Monastir, la casi isla, la localidad que acogió un monasterio –de ahí su nombre– bizantino y en la que, posteriormente, se estableció una comunidad de ascetas musulmanes en torno a la cual se construyó el Ribat.

Convertido en museo –conserva objetos tan insólitos como un astrolabio fabricado en Córdoba en el siglo X–, el Ribat de Monastir tenía tanto prestigio en el mundo religioso que lo llamaban las puertas del paraíso. Por cierto, si te parece un edificio de película, estás en lo cierto: aparece en La vida de Brian. De vuelta a la espiritualidad, fue por eso, y porque esta fue su ciudad natal, por lo que Bourguiba, el padre de la moderna Túnez, la escogió para establecer su imponente mausoleo, con sus 86 columnas.
8. El Djem, un anfiteatro en pleno desierto

Dejamos la costa para entrar al interior y, bajando por el suroeste, llegar a El Djem, uno de los anfiteatros romanos mejor conservados del mundo y el mejor de toda África. Te faltarán palabras para expresar la belleza de este majestuoso edificio, que surge después de paisajes desérticos y de hileras de vendedores ambulantes y camellos. Inspirado en el Coliseo de Roma, el emperador Gordiano I lo mandó construir en el siglo III d. de C como testimonio del poder de las provincias africanas del Imperio.

Lo mejor de este anfiteatro –también se le llamaba Coliseo de Thysdrus– no son solo sus dimensiones –mide 149 metros de largo, 124 metros de ancho y 36 metros de alto y podía albergar hasta 35.000 espectadores– sino su estado de conservación, que permite ver hasta los túneles subterráneos en los que se guardaba a los animales antes de salir a luchar. La entrada incluye del acceso al Museo Arqueológico de El Djem, a menos de un kilómetro, y su excelente colección de mosaicos romanos.
La imagen que abre el texto es Sousse | EVG

