Cunqueiro

Paseo etnográfico por los paisajes del oso pardo

Excesivo y apabullante, el ADN de Asturias presume de concentrar la esencia más pura de la naturaleza. Junto a sus archifamosas playas y pintorescos pueblos costeros, los paisajes del interior suman un plus de belleza al que es difícil escapar. Sus valles occidentales conservan la pasión por una potente gastronomía, 7 reservas de la biosfera, 3.500 km2 de área protegida –solo Somiedo cuenta con 300 km2–, mares de robles, ríos de altura y tres especies en peligro de extinción: el urogallo cantábrico, el lobo ibérico y el oso pardo cantábrico.

Además de ser los feudos del mayor mamífero en libertad de nuestro territorio –la figura del oso está presente en todo lo que puedas imaginar y es un motor económico que genera 20 millones de euros al año en toda la Cordillera Cantábrica–, estos paisajes conservan la belleza de lo auténtico, costumbres ancestrales que reflejan una vida dura y genuina. Recorremos estos valles a través de un paseo etnográfico, una clase magistral en streaming en busca de la arquitectura y la artesanía popular.

1. Hórreos y paneras: la caja fuerte rural

Hórreo en la Braña de Abajo | EVG
Panera en Posada de Rengos | EVG

Junto a las antiguas pallozas –las casas redondas herederas de los castros–, los hórreos y las paneras son las despensas que salpican todo este territorio vaquero. Con techo en forma de cúspide y planta cuadrada, el primero, y más rectangular y plano, la segunda, ambos solían estar cubiertos de pizarra o paja y remataban sus pilares en pico, para que no pudieran subir los roedores. Pero su uso iba mucho más allá de conservar el grano y mantenerlo a salvo de la humedad del suelo: el número de hórreos y paneras determinaba la riqueza y prosperidad de una población. Aquí se guardaba lo más valioso de la casa, incluidas las escrituras de propiedad, y las mujeres llevaban siempre sus llaves colgadas al cuello.

2. Cortín, los almacenes de miel

Cortín de Cadenas | EVG
Colmenas del cortín | EVG

Piedra sobre piedra sujeta sin argamasa, redondo –para hacerlo más resistente– y orientado al sur, para conseguir más horas de sol. Esta es la esencia del cortín, una estructura típica cuyos muros protegen la miel del ataque de los osos –aunque no es la miel lo que más les gusta, sino las larvas de las abejas que, además, son muy nutritivas–. La mayoría de los 2.000 que hay en España está en desuso, aunque en su momento fueron muy importantes, no solo por la miel, sino por la cera con la que se fabricaban las velas de las iglesias.

3. El discreto encanto de las ermitas

Ermita en la Braña de Abajo | EVG
Detalle de la ermita en la Braña de Abajo | EVG

Otro elemento característico de las aldeas del Occidente asturiano son las ermitas. Están en caseríos, parroquias y aldeas, normalmente con una construcción sencilla, con bloques de piedra y argamasa y el típico techo de pizarra que abunda en la zona. Además de su función netamente religiosa, las ermitas cumplían una labor social y eran el punto de encuentro de sus habitantes, sobre todo en los meses de invierno.

4. La artesanía más fina, cerámica, navajas y tejidos

Telar de Casa Mario | EVG
Telar de Casa Mario | EVG

La artesanía de la zona también es única, como la cerámica negra de Llamas del Mouro, en Cangas del Narcea –se trabaja normalmente y, una vez terminada, se ahuma para que quede negra– y los diferentes modelos de hojas y mangos, de maderas autóctonas, de Navajas Ponce, en Posada de Rengos. Los telares tradicionales de bajo lizo, con los que se elaboraban antiguamente los tejidos, son otro punto de interés. Periódicamente, Casa Mario, en Posada de Rengos, organiza talleres en los que explican las cualidades de la lana de oveja xalda, en peligro de extinción, y enseñan a cardar e hilar este material en su propio telar, hasta convertirlo en un tejido.

5. Las brañas de ‘teito de escoba’

Braña de Mumián | EVG
Casa de teito de escoba en La Peral | EVG

La trashumancia del ganado dio lugar a las brañas, una grupo de cabañas que servían de refugio durante la primavera y el verano y que llegaban a estar a 1.400 m de altura. La construcción tiene una peculiaridad: su techo (teito) está realizado con la escoba, un matorral de flores amarillas y muy impermeable con el que también se fabrica el utensilio para barrer. Las escobas se cogen en otoño, se cortan sus tallos en bisel, para que cada rama encaje con otra, y se van superponinedo una a una sobre el techo, sujetas por dentro con un soporte de madera de haya. En la actualidad, estas cabañas ya no tienen uso ganadero y su forma de trabajo choca con la legislación, por lo que cuesta rehabilitarlas.

6. Cómo hacer lejía con ceniza y otros tutoriales

Cama y rueca en el Ecomuseo de Veigas | EVG
Dormitorio en el Ecomuseo de Veigas | EVG

En Veigas, junto al río Saliencia, el Ecomuseo de Veigas es un espacio indispensable para entender cómo era la vida en estos valles. Conserva tres casas de diferentes dimensiones, algunas con la cuadra y el pajar incorporados. Todas están construidas con gruesos muros de caliza y ventanas y puertas pequeñas –para mantener el calor– y cubiertas con teito de escoba, al igual que todas las construcciones de la época, ya fueran escuelas o tiendas. Las casas no tenían baño ni extractor de humo: el hollín que se almacenaba en las paredes les protegía de los mosquitos y la carcoma, pero provocaba graves problemas respiratorios.

Un bugadeiro para blanquear la ropa en el Ecomuseo de Veigas | EVG
Madreñas en el Ecomuseo de Veigas | EVG

Las casas conservan todo el mobiliario antiguo tal y como era mientras estaba habitado, hasta los años 80. Verás que el castaño se reservaba para los muebles –era madera de mejor calidad–, que el somier era de cuerda y el colchón, de hojas de maíz. Junto a ellos, madreñas –no zuecos–, cestos, ruecas… Además, las ferideras que se usaban para batir la leche y hacer mantequilla –en invierno, cuando la leche era más grasa– y el bugadeiro, el recipiente donde se blanqueaba la ropa tras un laborioso proceso que alternaba ceniza y agua caliente y fría y provocaba una reacción química similar a la lejía.

7. Los cunqueiros y la magia de la madera

Víctor Trabau trabajando su torno | EVG
Varios cachus y una tachadeira, a la derecha | EVG

¿Te gustaría comer en una tachadeira o prefieres llevarlo en una cimbreira? ¿Y beber en cachu? No encontrarás ayuda con el traductor de Google pero, si te acercas a La Guarida del Cunqueiru –en Trabau (Degaña), en pleno Parque Natural de las Fuentes del Narcea–, Víctor Trabau te explicará que aquí el vino se bebe en un cachu (cuenco de madera), la tachadeira es una especie de bandeja donde servir las viandas y, la cimbreira, un tupper de madera para llevar la comida al campo. Víctor es el último cunqueiro –aunque este término era el que usaban los castellanos y ellos, a sí mismos se llamaban tixileiros–, un alquimista que, con ayuda de un torno manual, es capaz de extraer una delicada pieza de artesanía de un trozo de madera.

Víctor Trabau, de La Guarida del Cunqueiru | EVG
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