En poco menos de 30 años, Albania ha pasado de ser el país más pobre y más aislado de Europa a convertirse en una potencia turística en completa ebullición. Todos quieren venir a este destino que conjuga exotismo e historia, una extraordinaria –y envidiable– tolerancia religiosa y una curiosa mezcla entre el espíritu desenfadado latino y la seriedad balcánica. O al revés. Una buena red de transportes, un tamaño más que cómodo para recorrer a pie y una ecléctica y sabrosa gastronomía completan la oferta de Tirana, esta interesante urbe que (todavía) se mantiene al margen del turismo de masas.
En esta primera aproximación, exploramos lo básico en la margen derecha del río Lana, el cauce que atraviesa la ciudad.
1. House of Leaves y la digestión del pasado

La opulencia comunista y su mezcla con la arquitectura actual es una de las estampas que más te llamarán la atención. La Rruga (calle) Myslym Shyri es un buen ejemplo de cómo palacetes modernistas de la élite del régimen se alternan con viviendas otomanas de la alta burguesía y casas más modestas, muchas reconvertidas en restaurantes o comercios y, la mayoría, pidiendo a gritos un lavado de cara.

Doblando a la izquierda, en Ibrahim Rugova, encontrarás uno de los lugares más siniestros de la ciudad: House of Leaves. Es el equivalente a la Stasi en la Alemania Oriental, un centro de interrogatorio y tortura –las hojas se refieren a los archivos de documentación–, cuartel general de la Sigurimi albanesa por el que pasaron miles de disidentes del régimen comunista y que, en 2015 se convirtió en un Museo.
2. La nueva Catedral de la Resurrección de Cristo

Tu siguiente destino está justo en la acera de enfrente y, entre sus dimensiones y su estética, seguro que no pasa desapercibido. Es la catedral ortodoxa de la Resurrección de Cristo, el mayor edificio religioso del país y uno de los más grandes de los Balcanes. Es también uno de los más modernos, ya que se inauguró en 2012, en el 20 aniversario del resurgimiento de la iglesia ortodoxa en Albania.

Te llamará la atención su arquitectura opulenta –como casi todo en la ciudad– con estilo neobizantino y dudosa belleza, y la torre del campanario, entre cuatro columnas que simulan velas gigantescas. Dentro, no te pierdas la cúpula central decorada de la que pende la típica lámpara de araña, las sillas de madera tallada y, con suerte, la salida de los monjes, ataviados siempre con bata y gorro negros.
3. Skenderbeg, en el epicentro de todo

El centro de la ciudad –y casi, del país entero– es la Sheshi (plaza) Skenderbeg, un espectacular y gigantesco espacio –mide unos 40.000 m2– que concentra gran parte de la esencia albanesa y cuyo nombre, y la escultura ecuestre plantada en uno de sus laterales, rinde homenaje a Gjergj Kastrioti, Skenderbeg, el gran héroe nacional que mantuvo a salvo el país del ataque de los otomanos.

Aquí se respira cohesión y sentido patrio en cada rincón, desde el pavimento –con baldosas de piedra y mármol traídas de cada punto del país– hasta icónicos edificios, como el Museo Nacional de Albania, el Teatro de la Ópera, la Biblioteca Nacional… Además, en este lugar de encuentro encontrarás el consabido photocall con I love Tirana, bancos de colores, una noria y trasiego de bicis y patinetes.
4. La mezquita Et’hem Bej, la Torre del Reloj y la clase de historia

En uno de los vértices de Sheshi Skenderbeg la hilera de gente haciendo cola te guiará hasta Et’hem Bej, una mezquita muy pequeña que, como todas, hay que visitar descalzo y con las piernas y el cabello cubiertos si eres mujer. ¿Qué tiene de especial? No solo es el edificio más antiguo de Tirana –se construyó en 1787–, sino que está decorada con elementos florales, inusuales en el mundo islámico.

Justo detrás, se encuentra la Torre del Reloj (Kulla e Sahatit), una construcción otomana de 35 metros de altura que, hasta bien entrado el siglo XX, fue el edificio más alto de Tirana. Construida en 1822 por orden de Et’hem Bej, tiene un reloj de generosas proporciones –restaurado tras la II Guerra Mundial– y una escalera de caracol con 90 peldaños que regalan unas vistas únicas sobre el cambiante skyline.
5. Bunk’Art 2, una parada en la ciudad de los búnkeres

En poco más de 10 años –entre finales de los sesenta y principios de los ochenta del siglo XX–, el régimen comunista construyó más de 170.000 búnkeres en un país de 28.748 km2 de extensión. El pánico de Enver Hoxha a sufrir una invasión de Occidente –o de la antigua Unión Soviética– le hizo construir búnkeres como churros –uno por cada cuatro habitantes–, que han sobrevivido hasta hoy.

Muchos se han reconvertido en almacenes o espacios comerciales pero otros, como Bunk’Art 2 –destinado a la élite comunista y situado tras la mezquita Et’hem Bej–, son un museo con elementos y testimonios sobre las atrocidades que se vivieron durante la dictadura. En sus 19 salas puedes ver las prácticas de la Sigurimi, las técnicas de escucha y tortura, y el procedimiento de sus interrogatorios.
6. El Castillo de Tirana, la otra historia de la ciudad

Muy cerca de Buk’Art 2, los restos de la antigua muralla y del Castillo de Tirana –o de Justiniano– son otros puntos a visitar. ¿Es imprescindible hacerlo? Realmente, no. De esta antigua fortaleza bizantina construida en el siglo XIII sobre un cruce de antiguas vías romanas no quedan más que un reducido tramo de muralla y cuatro de sus antiguas puertas, mejor o peor conservadas.

Tanto los alrededores del Castillo como su interior son una especie de parque temático con bares, restaurantes y lounges por una parte, y tiendas de recuerdos y artesanía, por otra. Los precios son elevados y la autenticidad escasea así que, si buscas algo genuino, curiosea en un mercadillo frecuentado por albaneses, como el de los aledaños de Rruga Myslym Shyri, donde empieza la ruta.
7. La Mezquita Namazgja y el Puente de Tabak, lo nuevo y lo viejo

Aunque la mayoría de la población se declara musulmana, Tirana solo cuenta con 8 mezquitas de las 28 que había en 1967. Muchas se demolieron durante el régimen comunista y el ateísmo en el país, por eso Namazgja, inaugurada este mismo año, tiene tanta importancia. Si te recuerda a la Mezquita Azul de Estambul, estás en lo cierto: el gobierno turco ha financiado esta mezquita, la mayor de los Balcanes.

Y, como tantos otros ejemplos en el país, junto a una de las construcciones más nuevas tienes una de las más antiguas de la ciudad. Es el Puente de Tabak, una pasarela otomana de piedra que cruzaba el río Lana y que llegó a ser muy importante, ya que estaba en la Ruta de Shëngjergj, que abastecía la ciudad de productos agrícolas y ganaderos. Hoy, este puente del siglo XVIII es solo peatonal.
8. El barrio de Brryli y el río Lana

Tanto si quieres descubrir el auténtico sabor local como si pretendes escapar de los grupos y autocares turísticos, cada vez más frecuentes, te recomendamos que escapes del centro histórico y te adentres en un barrio con sabor original. En esta margen del río, uno de nuestros favoritos en Brryli, una cuadrícula tranquila, con un buen tejido comercial, vida nocturna y, sobre todo, sabor a pueblo.

Y terminamos la ruta en el río que nos ha servido para ordenar esta primera aproximación a Tirana, un pequeño arroyo que nace en la montaña Dajt y transcurre paralelo al Bulevar Bajram Curri. Un denso tráfico y varios puentes completan este cauce, que cruza la ciudad y que, a pesar del olor y los mosquitos, vive una época dorada con aguas limpias y propuestas de senderismo y naturaleza.
La imagen que abre el texto es Plaza de Skenderbeg | EVG

