Libre del efecto verano, Formentera recupera la normalidad y despliega un espíritu reposado y amable que engancha. La temperatura templada del otoño y los precios (relativamente) más bajos –y con descuentos especiales para pernoctaciones en septiembre y octubre–, animan a venir a este reducto balear doblemente aislado al que, para llegar, debes venir antes a otra isla, Ibiza. Desde el puerto de La Sabina, en el norte, hasta el faro de La Mola, en sur, pasando por Sant Francesc, la capital, te invitamos a explorar (y saborear) la cara más genuina de este paraíso ecológico, a caminar por sus playas sin apenas turistas y a distinguir el increíble catálogo de tonos de azul que ofrece su mar.
1. No es lugar para urbanitas

Sentirás que el tiempo se detiene nada más llegar a La Savina, el puerto que la conecta Formentera con el resto del mundo, y que tus ojos entran en otra dimensión: la de diferenciar las decenas de matices turquesa que presentan estas playas. ¿Te cuesta franquear el umbral del mundo slow? Fíjate en el agua: en este punto de la isla puedes contemplar el suave oleaje del mar, el espejo de l’Estany des Peix y el movimiento del puerto, desde donde salen los catamaranes rumbo a la aventura.

La acampada está prohibida en todo el perímetro de la isla y en la mayoría de espacios se limita la circulación de vehículos a motor o se les grava con una tasa, en detrimento de peatones, bicis y coches eléctricos, que circulan libremente. Si a esto le unes que el 70% del territorio está protegido, la conclusión está clara: es el destino ideal si lo que buscas es fundirte con la naturaleza.
2. El factor posidonia

Junto con Ibiza, Formentera posee la mayor pradera continua de posidonia oceánica de toda Europa, un dato de esta variedad mediterránea que la Unesco ha catalogado como Patrimonio de la Humanidad. Pero, ¿qué tiene de especial esta planta que mucha gente confunde con un alga?

No soporta la contaminación y libera gran cantidad de oxígeno, es decir: si nadas en una pradera de posidonia puedes estar seguro de que lo haces en unas de las aguas más puras del planeta. Además, la posidonia protege la línea costera de la erosión y sirve de refugio a un gran número de especies; incluso una empresa de colchones ecológicos investiga su uso comercial.
3. El día que llegaron ‘els peluts’

No es la más canalla de las Baleares –Ibiza se lleva el título por goleada–, pero Formentera sí es la más hippy de todas las islas mediterráneas. La historia más reciente de Formentera –y su mito como refugio de bohemios, artesanos e idealistas– ha crecido de la mano de su vecina Ibiza, la otra parte de las Pitiusas. La aventura comenzó en los años 70, cuando las familias de muchos intelectuales y miembros de la burguesía norteamericana enviaron a sus hijos a esta isla para librarles de la Guerra de Vietnam. Buscaban un lugar lo suficientemente alejado y desconocido como para no tener problemas con la justicia. Ibiza se quedó pequeña casi de inmediato y muchos saltaron a la vecina Formentera, satisfechos de cambiar noches de discoteca por puestas de sol. Después, el efecto llamada multiplicó las llegadas y la belleza del entorno hizo que no quisieran irse.

Aquí llegaban los hippies más radicales, los que vivían en total comunión con la naturaleza, sin agua corriente ni luz eléctrica, y soportaban unos vientos capaces de retorcer los troncos de las savinas. Sant Ferran de Ses Roques y la Fonda Pepe, en el interior de la isla, se convirtieron en el centro de operaciones de els peluts (los peludos), como llamaban por aquí a los hippies, y no era difícil encontrarse con los grupos más contestatarios del momento, desde Pink Floyd hasta Led Zeppelin, pasando por King Crimson o Bob Dylan.
4. Tierra de creadores y bohemios

Artistas y artesanos han encontrado aquí una fuente de inspiración única y sus creaciones forman parte de la estética de la isla. En Sant Francesc, la capital, te gustará Ishvara Formentera, donde José Marcos ha conseguido trasladar su calzado de cuero a la Quinta Avenida y cuenta con Kate Moss o Armani entre sus famosos clientes. Y Obi Formentera, donde Elena Hurtado y Lorenzo Pepe apuestan por la slow fashion en sus creaciones de moda y joyería.

Al sur de la isla, en El Pilar de La Mola, visita el taller de Majoral, un creador barcelonés con tiendas en Barcelona e Ibiza y obras en el Museum of Arts and Design de Nueva York, que llegó a Baleares en los años 70. También tiene tienda en la capital de la isla, pero te impactará ver en directo la pasión con la que convierte sargantanas, posidonias y conchas marinas en auténticas joyas y su firme defensa de la joyería ética y responsable.
5. El paraíso de los mercadillos

Formentera está repleta de mercadillos que funcionan casi todo el año. El de Sant Ferran –de jueves a sábado por la tarde, hasta finales de octubre– ofrece artesanía a pie de calle, mientras que el de Sant Francesc se especializa en pequeñas boutiques con muebles vintage y diseñadores ya establecidos. El de La Mola es el mayor y más variado de la isla.

Todos los miércoles y domingos, hasta mediados de octubre, convoca a más de 50 artesanos con creaciones a base de cuerda, metal, las clásicas espardenyas y trabajos en madera o plata. Suele contar con actuaciones de músicos locales y un ambiente festivo y muy relajado. Full Moon, Blu Butterfly o la decoración de Balafia son otras interesantes visitas antes de entrar en Big Store, un local un tanto caótico donde sentarte simplemente a contemplar la vida.
6. Sabores de la tierra poco globalizados

Si te han impresionado los paisajes naturales que rodean La Savina, en el norte, y la onda hippy deluxe que se respira en Sant Francesc Xavier, la capital, prepárate para saborear unos cuantos espacios que pondrán a prueba tus sentidos. Los higos ocupan el primer puesto en el top ten de sabores de Formentera; además, la miel y el bescuit, un pan con horneado prolongado. En cuanto a platos, te encantarán el arroz negro, la ensalada payesa, los calamars a la bruta –en su tinta con sobrasada–, el flaó –pastel de queso fresco con anís y hierbabuena– y la greixonera, un pudin con ensaimadas secas.

La sal líquida es otro nicho de negocio de Formentera que, a diferencia de la agricultura, se ha potenciado con el auge del turismo. Se trata de una sal extremadamente pura –gracias al efecto de la posidonia–, muy rica en minerales y con un 80% menos de sodio que la sal común. Se comercializa en spray y combina muy bien con platos fríos y entrantes.
7. El ‘peix sec’ se renueva


Uno de los ingredientes estrella de la ensalada payesa, el peix sec, se ha convertido también en uno de los embajadores gourmet de la isla. Aún es posible ver en puntos como Cala Saona o el puerto de Es Caló estas tiras de pescado expuestas al sol que los pescadores elaboran para consumo propio. En la actualidad, solo lo comercializan Belén y David en Peix Sec de Formentera, con un proceso artesanal en el que la raya o el cazón se congela, corta y sala. Después de colgarlo al sol durante 3 o 4 días, se asa, se desmiga y envasa con aceite de oliva suave o ecológico. El resultado: un sabroso souvenir.
8. Lucía, el sexo y todos los demás

El mar, el cielo y un faro. Este mínimo paisaje, un canto a la sencillez, es todo lo que encontrarás en el cabo de Barbaria, al suroeste de la isla de Formentera, el punto más meridional de las Baleares. La simplicidad del decorado tiene el poder de recargar pilas y de darte claves secretas para sentirte libre.

Y soñador: solo tienes que entornar los ojos para imaginar que por aquí pasaron corsarios, fenicios, hippies, amantes de lo eco, buscadores de bellezas y hasta Lucía y el sexo, y todo el equipo que participó en este film de Julio Médem. Barbaria esconde una especie de gafas virtuales con las que visualizar sus secretos.
9. Sargantana, el emblema multicolor de la isla

Si te has dado cuenta, el paisaje desértico que rodea el faro, donde las sargantanas campan a sus anchas, ha dado paso a pinares y, posteriormente, a viñedos, pero, a pesar de la variedad, todos tienen una cosa en común: son territorio sargantana. Las lagartijas pitiusas, como también se las llama, son endémicas de estas islas –y de sus islotes– y tienen mayor envergadura que las de la península.

Te llamarán la atención sus colores, que varían del azul intenso –en la zona boscosa que rodea al Cap de Barbaria–, al verde esmeralda –en especial, en la zona de La Mola, al sur de la isla– y marrón –en ses Illetes y es Trucadors, en el norte–. Aquí son abundantes –no están en peligro de extinción, pero sí protegidas–, así que elige tu forma favorita –en imanes, peluches, joyas, posavasos, llaveros…– y llévate de recuerdo este precioso icono de Formentera, mucho más fácil de ver que de fotografiar.
La imagen que abre el texto es Es Pujols | EVG

