Si hace unos días recorríamos la zona norte de Costa Rica, la que se extiende desde San José, la capital, hasta el Caribe, ahora nos ponemos de nuevo en ruta para explorar el sur de este mini paraíso, un extraordinario paisaje que se extiende hasta la costa del Pacífico –y sus playas semi salvajes– y en el que caben legendarios volcanes, bosques nubosos con mucha magia y la arrolladora vitalidad de sus parques naturales, además del discreto encanto de los manglares, escenarios repletos de pura vida.
1. El gigantesco (y escurridizo) volcán Poás


En Alajuela poco más de una hora de San José, en dirección noroeste, el volcán Poás es un onírico escenario repleto de plantaciones de café y helechos gigantes. Aquí, puedes ver los impresionantes tonos azules de la laguna Botos y el cráter del Poás, uno de los más grandes del mundo, aún en activo. ¿Lo malo? La zona suele estar cubierto de nubes y la visita se limita a 20 minutos.
2. El sabor ‘tico’ de Quesada y la alegría del agua


Bordeando el Parque Nacional Juan Castro Blanco a unas 2 horas del Poás, llegamos a Ciudad Quesada –o San Carlos, para los amigos– una localidad 100% auténtica y (aún) libre de turismo, famosa por sus quesos artesanos y su catedral San Carlos Borromeo. Antes, una mini parada en la Catarata de la Paz, bien desde la carretera o subiendo a su parte posterior, con su santuario de animales.
3. Arenal, un volcán con mucha vida interior


A poco más de una hora, nuestra siguiente parada es otro de los buques insignia del país –junto al Poás y el Irazú–, el majestuoso volcán Arenal, con 1.633 metros de altura y 7.500 años de antigüedad. Como ya te puedes imaginar, que sea una vista obligada implica que a veces está masificado, pero pasear por la ladera es una experiencia única, que puedes combinar con unos baños en sus termas cercanas.
4. Monteverde, en lo alto del bosque nuboso


Bienvenido al reino de las pasarelas sobre los árboles y de los puentes colgantes. Monteverde sea quizá lo que más te suene a la hora de adentrarte en la naturaleza costarricense pero, aunque lo tuyo sea acelerar la adrenalina, no te quedes solo con eso y explora también la reserva biológica de este bosque nuboso, un generoso paraíso donde los ocelotes y quetzales conviven entre campos de orquídeas.
5. Isla Damas y la naturaleza en estado puro


Si ya hemos visto volcanes, selvas, playas y bosques nubosos, ahora es el turno de los manglares, uno de los paisajes menos conocidos del país y uno de los que encierra más biodiversidad. Seguimos en la provincia de Puntarenas, pero alcanzamos la zona costera en tres horas de ruta en la que pasamos por punto tan increíbles como Playa Mantas y Playa Hermosa, hasta llegar a Isla Damas, en Quepos.


Aunque somos partidarios de viajar por libre, aquí te recomendamos visitar la zona con un tour que combine senderismo y paseo en bote. Con ellos conocerás la importancia de este ecosistema –que protege las costas contra el cambio climático y recicla los nutrientes– y cómo sus aguas salinas se entrecruzan con las dulces, lo que crea una red de vida hermosa y difícil de encontrar en otros paisajes.


También te explicarán cómo algunas semillas esperan años hasta encontrar aguas con menos sal y poder germinar, cómo los cangrejos transportan nutrientes de los árboles a la arena, la jerarquía de las hormigas… Y todo, en una ruta en barco que entra en Río Paquita hasta la Isla Damas, en el Pacífico central, mientras los monos capuchinos esperan a que el bote se acerque a la orilla para pedir comida.
6. Manuel Antonio, el reino de la ‘pura vida’


Definitivamente, explorar al Parque Nacional Manuel Antonio por tu cuenta es tocar el cielo con los dedos. Tómate en serio el cartel de Aquí habitan cocodrilos que te recibe a la entrada y abre bien los ojos, sobre todo, para esquivar los lagartos y diferentes tipos de iguanas que, literalmente, se tiran de los árboles al suelo y caen a tus pies. No son peligrosos, pero sí más grandes y rápidos de lo que crees.


También en los árboles encontrarás poblaciones de monos aulladores –con el parque en silencio, su aullido parece salir de una película de terror– y capuchinos de cara blanca, que llamarán tu atención lanzándote fruta, a veces, con buena puntería. El premio final es un baño en pleno Pacífico, pero ¡ojo! vigila las corrientes –a veces muy fuertes– y los monos, expertos en robarte lo que dejes en la arena.
7. La Costanera, en ruta junto al Pacífico


Siguiendo la línea del Pacífico, la Ruta 34 –más conocida como Costanera Sur– se aleja de los puntos turísticos y retoma la autenticidad. Las plantaciones de plátanos y de palma –con la consiguiente deforestación– se alternan con playas semi salvajes de fuerte oleaje, que se convierten en un paraíso para los amantes del surf; muchas tienen una cuerda atada a un árbol para seguridad de los bañistas.
La imagen que abre el texto es Capuchino de cara blanca en Isla Damas | EVG

