Entre el río Adur y el Nive (Errobi en euskera), Baiona es uno de los enclaves más peculiares del país vecino. Plural y singular a partes iguales, la capital del País Vasco francés (Iparralde, en euskera) camina como nadie en el filo de la navaja y tiene ese delicioso aire fronterizo que encandila, y en el que ha aglutinado dos idiomas, dos ríos, un Camino de Santiago y una cocina fusión que orbita entre el pimiento de Espelette, el marmitako vasco y su afamado chocolate. ¿El resultado? Es la segunda ciudad donde mejor se vive de Francia y un potente destino turístico para los que buscan autenticidad, rincones pintorescos y paisajes diferentes. Y todo, listo para recorrer a pie.
1. Los barrios junto al río Adur


Llegamos al río Adur y, en su confluencia con otro caudal más pequeño, el Nive, nos encontramos una ciudad dividida en tres partes: Grand Bayonne, Petit Bayonne y Saint-Esprit. Esta última, al otro lado del Adur, fue el espacio donde se establecieron los judíos expulsados de España. En la actualidad, es un barrio delicioso, alternativo y sin apenas turistas, pero repleto de razones (casi todas culturales) para que le dediques unas cuantas horas: desde el DIDAM –un vanguardista museo de artes visuales– hasta el Cinéma L’Atalante o Kaxu, una galería especializada en arte callejero. Y todo, con el reloj de la estación de tren de fondo.
2. El magnífico Ayuntamiento


Comenzamos en Grand Bayonne, el barrio multicolor que concentra las grandes joyas. En el vértice donde confluyen los dos ríos encontramos el Ayuntamiento, un magnífico edificio neoclásico construido en 1843 para albergar la aduana. Conocido también como La Mairie o L’Hôtel de Ville, está coronado por varias estatuas que representan diferentes disciplinas artísticas y económicas –la agricultura, la navegación, la astronomía…– y, en la actualidad, hace las veces de Teatro Municipal.
3. El bullicio junto a Quai Amiral Dubourdieu


Cruzamos la Plaza de la Libertad y entramos de lleno en Quai Amiral Dubourdieu, la gran avenida que discurre junto al cauce del río Nive. Aquí sentirás esa hipnótica mezcla de bullicio y relax que define esta ciudad, con grupos de jóvenes apurando platos de comida rápida junto a turistas haciéndose selfies y algún que otro restaurante de lujo, como La Table Sébastien Gravé. Una puesta en escena del gusto por la buena vida en esta animada calle que, a partir del Pont Marengo, pasa a llamarse Quai Dominique Roquebert.
4. Los gastroplaceres de Les Halles


Unos metros más adelante, Les Halles se presenta como el gran mercado de la ciudad, el lugar idóneo para comparar precios si quieres llevarte quesos o foie y conocer in situ la gastronomía local. El local, que este año celebra su 30 cumpleaños, abre a diario y un sábado al mes cuenta con un coro de voluntarios –Baionan Kantuz– que anima el cotarro. Para el almuerzo elegimos un restaurante del mercado donde saborear el orgullo de la ciudad: el jamón de Bayona. Estamos en Chez Pantxo y, al igual que en otros locales, te sorprenderá su oferta fusión con la gastronomía vasca, donde no suelen faltar la brandada de bacalao o el marmitako de atún.
5. Momento relax en el Jardín Botánico


Pensamos en un relajante paseo de sobremesa y elegimos uno con el carné 100% eco: el Jardín Botánico, reabierto en 2017. Diseñado con estilo japonés, este espacio está construido a 7 metros de altura sobre las murallas que dan a la Catedral y es un paréntesis de tranquilidad en medio del ajetreo urbano. Fiel a su estética nipona, ofrece un buen número de estanques con carpas, cascadas y puentes, así como praderas con arces japoneses y bambúes. Abre hasta el 30 de septiembre, de martes a sábado de 10:00 h a 18:00 h.
6. Alrededor del Castillo Viejo


De vuelta al Jardín, cruzamos la Puerta de España y accedemos al Castillo Viejo, un edificio construido en el siglo XII por los vizcondes de Lapurdi, la construcción militar más antigua de toda Francia. Forma parte de las instalaciones del ejército francés, por lo que no se puede visitar, pero su esencia es muy especial: estás en una muralla triple –sobre la romana se construyó otra renacentista y, sobre esta, una tercera en el siglo XVII–, en un espacio histórico que, a vista de dron, tiene forma de estrella.
7. La espléndida Catedral de Santa María


La imponente Catedral de Santa María, con sus dos flechas, es nuestra siguiente parada. Este edificio, que comenzó románico y terminó gótico –lo que explica que su fachada tenga dos colores diferentes–, es una de las paradas dentro del Camino de Santiago francés. Fíjate en sus vidrieras –una de ellas recrea el exorcismo a una niña, una historia poco frecuente– y, sobre todo, en el claustro, construido en 1240 en estilo gótico flamígero. La Catedral es Patrimonio Mundial de la Humanidad desde 1998.
8. De callejeo por la rue Port Neuf


Si te gusta callejear, estás en un enclave eco, con la almendra central peatonalizada y autobuses eléctricos gratuitos. Se agradece en una ciudad cuyas murallas le han obligado a eliminar medianeras o profundizar sus casas para poder crecer. Los soportales son otra característica y los verás por todo el centro, en especial en la calle Port Neuf y en sus aledaños, como la entrada por Pont Marengo. Aquí aparece también la típica arquitectura clásica vasca: alegres fachadas con entramados de madera roja o verde y mallorquinas de colores.
9. Chocolate, pimientos y rayas de colores


En esta misma rúa encontramos L’Atelier du Chocolat, un paraíso de los golosos que trabaja este dulce con los más insólitos ingredientes, como jengibre o canela. Nuestro favorito es el clásico local: negro y picante, con pimiento de Espelette. Si te gusta, aprovecha para comprar este pimiento –una joya gastronómica de la zona– tal cual o como ingrediente de patés, embutidos y snacks; en España no es tan fácil de encontrar. Otro recuerdo útil es comprar cualquier accesorio o ropa de hogar con el típico tejido vasco de rayas multicolor en Tissage de Luz, todo un clásico que ya va por la quinta generación.
10. Visita etnográfica al Musee Vasque


Cruzamos el río Nive por el Pont Marengo para acceder a una de los joyas del tercer barrio de la ciudad, Petit Bayonne. Se trata del Musee Basque, un espacio cuidadísimo ubicado en un antiguo edificio portuario del siglo XVI donde descubrir la historia de Bayona desde aspectos tan diversos como los ritos funerarios, la vida rural o la arquitectura. Su extenso fondo etnográfico y su pasión por el arte te engancharán por completo.
La imagen que abre el texto es Pont Marengo desde el Musee Basque | EVG

