Si las primeras semanas de la vuelta al cole ya te tienen harto, pásate al modo ‘unplugged’, reconcíliate con la naturaleza, busca alimentos de cercanía y piensa en verde. Apostamos por destinos a caballo entre el arte de vivir, el ‘mindfulness’ y la siesta, listos para practicar un ‘detox’ tecnológico y rebosantes del nuevo lujo del siglo XXI, el silencio. Algunos ya lo llaman quietcations (vacaciones tranquilas). Nosotros proponemos: ¿wifi? No, gracias.
Yap y la vida contemplativa

Muchos vienen a este rincón del Pacífico, al este de Filipinas, para ver en directo sus famosas monedas-piedra. Pero Yap, uno de los cuatro estados federados que forman la Micronesia, también sorprende por sus fondos submarinos llenos de arrecifes de coral y mantarrayas, su selva y su silencio. Aquí detestan el ruido –incluso un coche con las ventanillas bajadas y la música demasiado alta puede ser objeto de sanción–, algo muy molesto en una cultura tan ancestral. O, justamente, tan moderna.
Hoh, en una pecera verde

Para buscar un espacio que cultiva el silencio volamos al estado de Washington, a un rincón en el que hasta su nombre es tan callado como discreto: Hoh. Esta selva, en el oeste norteamericano, está enclavada en el Parque Nacional Olympic y es uno de los lugares más lluviosos del planeta. Aquí, los cedros y el musgo campan a sus anchas y crean un paisaje con mucha magia y poco ruido: de hecho, según Gordon W. Hempton –ecologista acústico–, uno de los más silenciosos del mundo.
Lago Atitlán, un paréntesis de relax

Al suroeste de Guatemala –el país donde para muchos nació el universo maya–, el lago Atitlán es un remanso de serena espiritualidad. Tras la explosión de colores de Chichicastenango o Quezaltenango –incluso de Panajachel, en la orilla del lago–, los tonos azules de estas aguas son un respiro, una invitación a navegar en silencio o a visitar joyas como Santa Catarina Palopó o Santiago de Atitlán y su venerado Maximon. Un regalo visual que salta de la grandiosidad de sus tres volcanes a las puestas de sol en sus embarcaderos.
Ayers Rock, el poder de estar en el ombligo del mundo

Oficialmente se llama Ayers Rock –en honor al mandatario australiano sir Henry Ayers– pero este monolito rojizo ya tenía nombre. Los anangu –aborígenes de la zona– lo llaman Uluru y lo consideran sagrado. Ellos administran el difícil equilibrio entre animar a los turistas a recorrer los 9 kilómetros de perímetro de esta mole y evitar que lo escalen, lo que consideran una grave falta de respeto. Ante todo, observar cómo cambia de color según avanza el día este gigantesco espacio situado en el centro de Australia genera un sentimiento de conexión total con la naturaleza.
Ilha Grande, un paraíso libre de motores

Ya era famosa por sus playas –tiene más de 100– pero, en los últimos años, Ilha Grande, este pequeño paraíso en formato isla, lo es también por su naturaleza arrolladora. Situada frente a Río de Janeiro, su extraordinaria biodiversidad ha hecho que la Unesco la declarara Patrimonio de la Humanidad. Si quieres disfrutar en silencio esta maravilla verde de Brasil lo tienes muy fácil ya que está prohibido tanto entrar como circular con vehículos de motor y solo se permite moverte a pie o llegar a la isla por lancha.
De paseo por el Lago Malawi

Comparte territorio con Malawi, Mozambique y Tanzania, y es uno de los lagos más grandes del continente africano, con 580 kilómetros de longitud. Pero lo mejor del lago Malawi está en el interior: miles de peces tropicales habitan este espacio, el primero del mundo en variedad, con más especies que Europa y Norteamérica juntas, que suman el 30% de las especies de agua dulce del planeta. Si te ha gustado este acuario natural, Patrimonio de la Humanidad, espera a que llegue la noche, cuando las lámparas de los pescadores se reflejan en sus aguas y le dan el poético sobrenombre de Lago de las Estrellas.
El Mar Rojo y los jardines de coral

Si el silencio que se crea al bucear tiene mucho de magia, nadar bajo el agua en una de las rutas del Mar Rojo, en Egipto, con más de 1.200 especies de peces y una visibilidad extraordinaria, es una experiencia que roza el nirvana. Desde Hurghada dirección al fondo del mar, se abre un territorio acuático único donde, en apenas unos metros, la fina capa de arena se convierte en un campo de coral con todo tipo de formas y colores. Menos saturada que la anterior, Sharm el Sheikh, en la península del Sinaí, se perfila ya como el relevo más deslumbrante de la zona para nadar entre morenas, bancos de peces payaso, anémonas, caballitos de mar… .
Laguna Cejar o cómo flotar en el desierto

A 16 kilómetros de San Pedro de Atacama, en el norte de Chile, la región de Antofogasta esconde un mágico balneario natural: la laguna Cejar. ¿Qué tiene de especial este pequeño lago? Además de sus colores –con todos los matices del turquesa al esmeralda–, la elevada salinidad de sus aguas, que impide que te hundas. De hecho, la concentración salina es aún más alta que la del Mar Muerto. Tras este relax acuático –los rayos solares sobre los cristales de sal son un espectáculo–, completa este lujoso paseo en uno de los desiertos más grandes y áridos del mundo: el de Atacama.
Isla Stewart, en Nueva Zelanda

En sus 1.680 km2, la Isla Stewart –la tercera más grande de Nueva Zelanda– cuenta con 500 personas y unos 20.000 kiwis –un ave local–, es decir, la naturaleza gana en una proporción de 40 a 1. Aquí no hay carreteras principales y el 85% del territorio es Parque Nacional protegido. Si ya te está interesando lo que se cuece de día, espera a que llegue la noche, ya que la zona es Santuario Internacional de Cielo Oscuro, el más meridional del mundo, lo que la convierte en un escenario de lujo para ver las estrellas y, con suerte, la aurora austral.
Siem Reap y la mística de la espiritualidad

Cada vez son más los autocares y tuk tuk que llegan a Siem Reap –la puerta de entrada a Angkor–, en Camboya. Y cada vez este país se resiste más a dejar de ser uno de los reductos espirituales de Asia. Mientras el pulso continúa, varios consejos para evitar el estrés. Lo primero, Angkor tiene más de 3.000 templos diseminados en la selva, así que no intentes ver todos. Lo segundo, conversa con alguno de los monjes que viven en ellos o mejor aún, apúntate a un retiro espiritual con yoga, masajes, meditación, menú orgánico…
La imagen que abre el texto es Lago Atitlán | Ricardo Arce. Unsplash

