Cerdeña Santa Cristina

5 visitas en Cerdeña antes del turismo de playa

Olvídate de los ferries low cost, de chiringuitos volcados en el turismo y de playas que rayarían la perfección si no estuvieran tan masificadas. Cerdeña es todo eso, pero también un pasado marcado por la desconocida cultura nurágica, una historia ecléctica donde lo catalán tiene mucho que decir y una geografía protagonizada por el carácter isleño. Aquí se habla sardo –y todas sus variantes–, se mantienen tradiciones ancestrales y en los mercados se vende queso de cabra, botarga –huevas de mújol secadas que condimentan varios tipos de pasta–, embutidos ahumados…

Hoy recorremos su cara B y ni siquiera paramos en spots tan alucinantes como la Gruta de Neptuno, o en Alghero y Cagliari, sus dos grandes polos urbanos. Hoy nos centramos en descubrir su costa oeste y su verdadera esencia en 5 visitas básicas.

1. Todos los colores están en Bosa

En plena desembocadura del río Temo –el único navegable de la isla–, Bosa es la ciudad pantone de Cerdeña. Las sorpresas comienzan desde lo alto, con el Castillo de Serravalle –feudo de los Malaspina, la familia toscana que dominaba estas tierras en en siglo XII– y se suceden hasta la desembocadura del Temo, con las casas de pescadores de Bosa Marina. En medio, una deliciosa población de apenas 8.000 habitantes que consigue mantenerse al margen de la avalancha turística y en la que descubrir las fachadas de colores de sus callejuelas de la parte alta, los mercadillos gastro semanales –con queso de cabra y botarga insuperables–, iglesias del prerrománico sardo –no te pierdas la Concatedral de la Inmaculada Concepción–, antiguas curtidurías, una interesante oferta cultural y las relajantes puestas de sol que regala la ribera del Temo.

2. Tharros, la joya más codiciada

Nurágicos, fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos… Todos han pasado por Tharros, una de las visitas más imprescindibles de la costa oeste sarda, situada en Cabras, en la península de Sinis. En esta fascinante localidad que fundaron los fenicios hacia el siglo VIII a. de C. En este museo al aire libre vas a pasear por 2.000 años de historia, entre restos nurágicos, necrópolis fenicias y tumbas cartaginesas –con sus correspondientes objetos funerarios– hasta llegar a la época romana –impresionantes los restos del Templo de Deméter y las dos columnas que quedan en pie–, que la convirtió en punto estratégico del Mediterráneo. Más tarde, la riqueza de las joyas funerarias convirtió a Tharros en objeto de saqueos por parte de los sarracenos y propició su lento declive.
Puedes completar el paseo por este lujoso museo al aire libre (en junio y julio abierto todos los días, de 9:00 a 19:00 h. Entrada: 6,50 €) con un baño en la playa del Cabo de San Marcos.

3. Sassari, el pequeño encanto de la gran ciudad

En el occidente sardo, Sassari es la tercera ciudad más importante de la isla y la que se encuentra más al norte de nuestro recorrido. Universitaria y burguesa, Sassari es un enclave luminoso, agradable y con mucho ambiente cultural, donde todo gira en torno a la Via Vittorio Emnauele II. Te gustará su centro histórico, protagonizado por el Palacio Ducal –una joya lombarda mandada construir por el Duque de Asinara en el siglo XVII, que actualmente alberga el Ayuntamiento–, con el monumento a Vittorio Emanuele II, y la Catedral de San Nicolás, y su preciosa fachada barroca. Además, no te pierdas el Castillo –construido por la Corona de Aragón en 1330–, la Fuente de Rosello –típico photocall de la ciudad– y los palacetes que se concentran en calles como la Via Alberto Lamarmora y la Via dell’Insinuazione. Acércate también al Museo Arqueológico-Etnográfico, el Palacio de la Universidad –primera universidad de Cerdeña– y la Plaza de San Antonio, con su columna labrada.

4. El sabor de tradición en Oristano

Es la Ciudad de la Cerámica –el sobrenombre ya te da una idea de lo importante que son las tradiciones en este enclave– pero, en realidad, su nombre proviene del latín Aurum Stanis y significa Estanque de Oro, por la abundancia de peces que había en el cercano estanque de Santa Justa. Concretamente aquí se encuentra la mayor producción de botarga –huevas de mújol desecadas y molidas que se usan como condimento– así que, si te gusta el intenso sabor del oro de Oristán, compra un par de frascos: después no será tan fácil de encontrar y, fuera de Cerdeña, prácticamente imposible.

El otro gran tesoro de Oristán es su patrimonio y, pasear junto a la Torre de San Cristóforo –o de Mariano, una de las principales puertas de la muralla, construida en el siglo XIII– , entrar en la Catedral de Santa María Asunción, del siglo XII –la más grande de Cerdeña–, o en la iglesia franciscana de Santa Clara, y sentarte en la plaza de Eleonora de Arborea –jueza de la ciudad y autora de la Carta de Logu, una de las constituciones más antiguas que existen– te hará entender el esplendor que se vivió en esta ciudad. ¿Una curiosidad? En la actualidad, un cruce de herencias dinásticas hace que el rey Felipe VI de España ostente el título de marqués de Oristán.

5. El misterioso mundo de los nurágicos

Los nurágicos son uno de los secretos mejor guardados de Cerdeña, una cultura que nació aquí –aunque se extendió también a la vecina Córcega–, que se prolongó desde la Edad del Bronce hasta la conquista romana y cuyas construcciones recuerdan los talayots mallorquines. Como es lógico, la falta de información trae consigo un misterio que, a veces, deriva en explicaciones esotéricas.

Uno de los principales ejemplos de este oscurantismo de los nurágicos es el Pozo Sagrado del Santuario de Santa Cristina, la mayor obra maestra de esta cultura, una construcción perfecta con sillares que forman círculos concéntricos que se encogen a medida que avanzan, escalera trapezoidal y lo mejor: en los equinoccios, el sol ilumina el fondo del pozo y, al descender los últimos 6 escalones, se forman dos sombras, la que se proyecta en el agua y la que desciende por las escaleras boca abajo. Los amantes de la arquitectura también disfrutarán de estas fortalezas de más de 3.500 años de antigüedad, cuyos enormes bloques de basalto forman grandes estancias –de hasta 10 m de diámetro– que se unen en el Pueblo Nurágico. Este, junto al Pozo Sagrado forman parte del Parque Arqueológico Santa Cristina –abre a diario, de 8:30 h al anochecer. Entrada: 7 €–, en el oeste sardo.

Hacia el norte está Nuraghe Losa, otro importante centro nurágico de los cerca de 7.000 que se mantienen en la isla, pero antes, haz una parada en Paulilatino y reserva tiempo para curiosear en el Museo Etnográfico Palacio Atzori –impresionante– y ver cómo se vivía en esta zona o admirar la artesanía que se realizaba con miga de pan. Nuraghe Losanuraghe de las tumbas– es uno de los yacimientos mejor conservados y completos y, un paseo entre sus refinadas técnicas de construcción –falsas cúpulas, varias alturas, entradas secundarias, alturas que alcanzan los 25 m, rampas en espiral…– que emergen entre la hierba, te dará una idea muy aproximada de su esplendor.

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